La última partida de Fischer

Cuando Robert James Fischer llegó al cielo, ya se había recuperado, se habían ido sus achaques y ya nadie lo perseguía, al fin era libre. Allí había grandes jugadores que lo esperaban, como Steinitz, Capablanca y Alekhine, pero fue Botvinnik el primero que se acercó para recibirlo, quería darle la buena noticia de que en el cielo podía dedicarse a jugar, y que allí todas las mentes estaban siempre en perfecto estado, no existían los nervios, ni las preocupaciones, ni mucho menos las lagunas de memoria, y por eso el nivel al que jugaban todos no sólo era igual al mejor que habían tenido en sus vidas, sino que era superior.


“¿Podéis ver desde aquí todas las partidas que se juegan en la tierra?” Preguntó Fischer. “Claro, nos hiciste disfrutar mucho”, comentó Alekhine. Fischer sonrió y se sintió orgulloso. Entonces reconoció a lo lejos a Mijail Tahl, que lo saludaba con una mano mientras seguía jugando rápidas con la otra. “Vas a volver a jugar con él, ¿verdad?”, preguntó Euwe. “Más tarde, he venido aquí para otra cosa”.


Fischer siguió caminando con firmeza, el destino lo guiaba hacia otro oponente, sentía que Dios lo había llamado para enfrentarse a él.
“Hola Robert, espero que no te molestase que te haya hecho abandonar la tierra tan pronto, pero no podía esperar más a jugar contigo”, le comentó el Todopoderoso. “¿Acaso piensas que para mí era fácil la espera?”. Sin el más mínimo gesto de saludo, se dirigió hacia la mesa con las piezas puestas en sus posiciones originales, y se limitó a jugar 1.e4 y pulsar el reloj. Dios se sentó, jugó 1…e6 y dijo “No pensarás que puedes ganarme, ¿no?”. Fischer miró friamente y contestó “Acaso no creerás que puedes ganarme tú”.


Tras una serie de sacrificios espectaculares, la partida terminó en tablas. Con cierto desdén, Bobby tendió la mano y dijo “Jugamos otra, ¿verdad?”, a lo que Dios respondió “Por supuesto”. Fischer miró alrededor y vio que había aficionados de todos los países que lo miraban, reconoció a todos los jugadores con los que había jugado en su vida y ya no estaban vivos, incluso a algunos que le habían ganado. Con una velocidad endiablada, volvió a poner las piezas en su sitio, y se cambió de silla, esta vez defendería las piezas negras. Pulsó el reloj, y dijo “Ten en cuenta que si el match a 24 partidas termina empatado yo conservo el título de Campeón del Mundo”.

Javier Martín Pérez

 

  


 

 

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