Torneos dirigidos.

 

Hace unos años participé en un torneo internacional por sistema suizo. Omitiré el año y el nombre del torneo porque sólo me importa la esencia del hecho. Era un torneo fuerte y luchaba por premios locales (vaya, estoy dando pistas...). En la última ronda un jugador en busca de norma se dirige al árbitro y le pide enfrentarse a mí.

Por aquella época circulaban unas reglas de emparejamientos dirigidos que habían sido presentadas en una Comisión de Reglas de la FIDE.

El hecho de que hubiesen sido rechazadas en dicha Comisión no impedía a ciertos, diría que muchos, árbitros aplicarlas a su leal saber y entender. Pues bien, ni siquiera a la luz de esas reglas, le tocaba a ese participante jugar conmigo. Le tocaba con un rival de superior elo y titulación. Por eso “pedía” al árbitro jugar conmigo.

El árbitro le hizo caso y, en lugar de enfrentarme a un rival más flojo que me hubiese permitido optar a un premio, me vi sentado con un aspirante a norma de M.I. Para colmo en plena apertura un señor al que no conocía, se me acercó y me explicó lo que yo ya sabía. Que si yo perdía mi rival lograba norma, que si yo podía hacer algo al respecto, en definitiva, concluyó, que si podía dejarme perder..... Confieso que no llegó a realizar oferta económica alguna. ¡Menos mal!. De todas formas me senté a seguir jugando mi partida tan indignado que notaba que, en vez de pensar, solo “pensaba” en el emparejamiento dirigido. Desperdicié una posición de equilibrio y perdí.

No jugué la siguiente edición de ese torneo porque estaba molesto por ese incidente. Pero uno a fin de cuentas desea jugar y al año siguiente me tragué mi orgullo y volví a apuntarme. ¡En mala hora!.

En la penúltima ronda me “dirigieron” de nuevo contra otro perseguidor de normas en vez de enfrentarme con un rival claramente inferior. En esta ocasión descubrí cómo un cabreo sordo puede causarte una noche de insomnio. El día de la partida decidí hacer lo que me parecía más digno: negarme a jugar. Algunos (los mismos que no tenían escrúpulos para defender la “utilidad” de esta flagrante violación de las normas del suizo) dijeron que había sido un berrinche, una especie de mosqueo infantil.

Negándome a jugar al menos podía denunciar el hecho. Si jugaba y perdía encima parecería que mi denuncia estaba causada porque tenía mal perder.

Lo malo es que mi rival era encima un amigo íntimo y que si yo perdía por incomparecencia (que es lo que esos organizadores se merecían) le fastidiaba la posible norma (que además logró al empatar el último día). En fin, que le llamé, le dije lo que pasaba y le aconsejé que dejase de prepararse la partida.

Los organizadores se enteraron y me llegaron “ofertas” de cambiar el sorteo. O lo que es lo mismo, “desperjudicarme” para cargarle el mochuelo a otro. Me negué a cambio alguno. Hice una jugada y abandoné.

Era patético ver, al principio del torneo, cómo el árbitro cambiaba decenas de emparejamientos basándose en que había muchos jugadores dirigidos a “bloque Elo” y algunos menos a normas de MI o GM. A medida que avanzaba el torneo las “violaciones” de las reglas del suizo disminuían en número porque la lista de jugadores con opciones iba menguando, pero obviamente las que se cometían aumentaban en trascendencia.

En fin, espero que comprendan (incluso habrá quien sostenga que dirigir está bien y que el fin justifica los medios y todo eso) porqué el editorial de Ajedrez ND me impulsó a recordar hechos ya casi olvidados.

No sé si en algún supuesto excepcional esto podría justificarse, pero lo que he relatado es una muestra de cómo muchos jugadores (no me refiero únicamente a mí, sino a TODOS los demás participantes no dirigidos) son perjudicados, directa o indirectamente, cuando un principio básico del suizo no es respetado.

La liga es el sistema competitivo más justo y, cuando ello no es posible, el suizo es una justa y eficaz alternativa, pero siempre que se respeten los principios en los que se basa. Podrá haber muchas clasificaciones finales pero la más justa es aquella que respeta esos principios.

Ricardo Montecatine.

 

 

  


 

1