SOBRE ORGANIZADORES, ÁRBITROS, JUGADORES O CÓMO EL AJEDREZ ESTÁ SUBIDO EN EL ORIENT EXPRESS.

 

Llevo unos 18 años casi apartado del mundillo del ajedrez competitivo, tan solo juego la Liga Andaluza por equipos con mis amigos y compañeros de toda la vida, y cada año suelo jugar únicamente 3 o 4 partidas, pero he de decir que el ajedrez me gusta y creo que me gustará toda la vida: el ajedrez, como a Tarrasch, me sigue haciendo muy feliz.

Desde que descubrí vuestra página, leo los debates y opiniones que salen publicados y me hace rejuvenecer bastante, pues sigue siendo lo mismo que cuando jugaba varios torneos al año y veía lo que veía. El ajedrez, desde entonces y veo que ahora también, va subido en el tren que popularizó Agatha Chirstie y va recibiendo las puñaladas de todos los que van dentro. Yo, siendo aún jugador juvenil, decidí que por nada del mundo tendría como ocupación retribuida principal nada relacionado con el ajedrez, todo ello a raíz de unos hechos que ahora, pasados más de 20 años, me decido a contar públicamente por su elevado nivel ejemplificador:

 

Me invitaron a un torneo, junto a otros fuertes jugadores alguno de ellos con titulación internacional, en un precioso pueblo del sur de España. Todo transcurrió con normalidad hasta la última ronda. Yo había llegado a ella, tras unos comienzos irregulares, imbatido y en la segunda plaza a medio punto del primero, un fuerte jugador local, con el cual me enfrentaba en la última ronda. Los otros dos jugadores que compartían la segunda posición se enfrentaban entre ellos y parecía presumible que iban a hacer tablas para consolidar sus posiciones de privilegio. Así que me disponía a enfrentar las posibilidades que tenía de ganar el torneo además, porque a todas luces y como era evidente, me tocaban las piezas blancas según el reglamento del torneo suizo vigente por aquel entonces. Me preparé la partida concienzudamente esa misma noche, pues la última ronda se jugaba por la mañana.

Al llegar a la sala de juego, mi gran sorpresa fue ver en que en el primer tablero, la jugada de las blancas ya estaba realizada sobre el tablero y que el reloj de las negras corría, fui a ver el listado de emparejamiento y comprobé con asombro como me ponían a mí las piezas negras y al jugador local las blancas. Intenté localizar al Director del Torneo o al Árbitro Principal, pero no estaban presentes en la sala, me  acerqué a un Árbitro Auxiliar y le hice la oportuna queja, me respondió, estando de acuerdo en que mi reclamación era justa, que él no podía deshacer el emparejamiento y que esperase al Director del Torneo o al Árbitro Principal que eran los que tenían la potestad para hacerlo.

Esperé, sin hacer ningún movimiento en mi tablero, casi 40 minutos a que alguno de ellos dos se presentase en la sala de juego, solicité para que intentasen localizar a alguno de los dos pero, por lo visto, no pudieron hacerlo. Me dejé convencer por el mismo árbitro con el que hablé para comenzar la partida, pues él argumentaba que si mi reclamación no había lugar según el criterio de los que manejaban el asunto, no podía esperar pasar una hora sin que hiciese ningún movimiento pues perdería la partida, pero que no me preocupase pues era evidente que a mí me tocaban las piezas blancas. Así que hice mis primeras jugadas esperando a que llegasen. Aparecieron los dos en la sala 65 minutos después del comienzo de la misma, me acerque a ellos junto al citado árbitro auxiliar para explicar nuevamente mi queja, y que la partida comenzase nuevamente con los colores correctos. Pero me contestaron que sí, que es verdad que yo tendría que llevar las piezas blancas, mas la partida tenía que continuar porque yo ya había empezado a jugarla. Insté a que se reuniese el Comité de Competición, y la contestación fue arrogante, desagradable e insultante: “el Comité de Competición lo forman el Director del Torneo, el Árbitro Principal, un Árbitro Auxiliar y dos jugadores, aunque estos dos te apoyen, siempre ganaremos y te fastidiarás”. Fui a hablar con los dos jugadores que conformaban el Comité de Competición y me dijeron que ellos no estaban por la labor de enfrentarse con los organizadores y la dirección del torneo pues querían recibir invitación para próximos eventos, además que ellos poco podrían hacer, que jugase la partida, recogiésemos los premios, nos fuésemos y que presentase una reclamación ante la Federación Española para que el Comité de Árbitros tomase cartas en el Asunto.

Así me senté en el tablero y la partida concluyó en pocas jugadas con la victoria del jugador local y las felicitaciones por su primer premio en el torneo (que dicho sea de paso era quién merecía ganarlo porque había jugado contra los más fuertes y no como yo que había hecho el submarino).

Pero ahí no concluyó la historia. El torneo, además de los premios generales, tenía premios en metálico para los mejores juveniles y mejores locales y el reglamento del torneo publicado y expuesto en la sala de juego ponía bien a las claras que los jugadores, en caso de optar a más de un premio, cogerían el de mayor cuantía. Por esto del suizo, yo bajé a la séptima u octava plaza, superándome otro jugador juvenil que también era local. Como el premio al mejor jugador local era de mayor cuantía que el juvenil, según las normas, él tendría que recibir el premio a mejor local y yo a mejor juvenil. Pero ¡hete aquí!, cuando se publicaron los jugadores premiados, él aparecía como premiado con el primer premio juvenil. Rápidamente me acerqué a la pared donde estaba pegado el reglamento del torneo. La cláusula en la cual figuraba la obligatoriedad de coger el premio de mayor cuantía estaba simplemente tachada con rotulador, (cinco minutos antes me había acercado a la misma y todavía no estaba tachada). Un jugador local se me acercó, me explicó que había habido una reunión de los principales miembros del club y que todos decidieron tomar esa determinación a la luz del resultado final y que él era el único que estaba en desacuerdo y lo veía indignante.

Hice una tímida reclamación, pues después de lo anterior me quedaban pocas fuerzas, y me dijeron que sería de tontos tener la oportunidad de llevarse más dinero y no hacerlo, que si yo estuviese en esa misma circunstancia haría lo mismo. Yo le contesté eso tan manido de que “el ladrón cree que todos son de su misma condición”.

Por otra parte, cuando intenté que el resto de jugadores hiciesen algún acto o gesto de protesta por cambiar el reglamento del torneo justo después de su finalización, excepto uno, todos los demás pasaron totalmente del tema.

Mientras tanto, durante la última ronda, dos jugadores de los invitados, se enfrentaban en la última ronda con la tesitura de que si la partida finalizaba en tablas, se podrían quedar sin premio. ¿Cómo solucionaron la papeleta? Se aprendieron de memoria una partida de más de 110 jugadas – todavía recuerdo que era una Apertura Española – que había salido publicada unos meses antes en la Revista Jaque. Así, ellos serían los últimos en acabar, podrían calcular quién tenía el mejor Bucholz y, convenientemente, éste sería el vencedor final de la partida. En fin, esta es la anécdota final.

Todos, organizadores, jugadores y árbitros empapados en el lodo maloliente. Y me decisión de que nunca debería depender de cosas así para llevar dinero a mi casa.

Después de eso he pasado por un montón de cosas: he sido testigo de como titulados internacionales, alguno de ellos con importantes responsabilidades federativas en la actualidad, han comprado y vendido partidas, como los patrocinadores de un torneo dejaban de poner dinero porque cuando acudían a la sala de juego, en 7 de los 8 primeros tableros la partida ya había acabado en tablas sin luchar. Algún titulado y no titulado me han propuesto en la última ronda apaños para que uno de los dos perdiese y repartirse luego el dinero de premios (con el progresivo como sistema de desempate es muy fácil calcular a quién le resulta más rentable perder), he jugado en salas con 40 grados, en salas donde apenas se llegaba a los 10 grados, en pupitres apiñados con 3 o 4 competiciones a la vez, donde no era posible ni anotar la partida pues te dabas codazos con el compañero y no había sitio material donde poner la planilla. He tenido que jugar con más cincuenta minutos menos en el reloj, como dos jugadores más de mi equipo, porque tuvimos que llevar a un compañero de equipo al hospital con una insuficiencia respiratoria, cuando salíamos de nuestra localidad para desplazarnos a Sevilla para jugar, y no tuvieron la delicadeza ni de posponer la ronda ni de esperarnos para empezar, a pesar de que avisamos de lo que nos pasaba y del susto que llevábamos en el cuerpo. De todo.

Organicé torneos intentando ofrecer las mejores condiciones dentro de nuestras posibilidades, he recibido múltiples satisfacciones como monitor de ajedrez, sobre todo con los más pequeños, intentando siempre de ir más allá del aspecto competitivo y colaborando con sus profesores para que el ajedrez fuese también útil en su faceta educativa.

El ajedrez me sigue gustando y me gustará siempre. No hay dinero para pagar el tener una serie de amigos para toda la vida, echar unas risas, tomarse una “cervecilla”, poder ir a cualquier lugar del mundo y comunicarte con otros colegas a través de nuestro juego, nuestra pasión.

El ajedrez me ha dado la oportunidad de gozar de la amistad de gente que ya no está entre nosotros como Juan Carlos Rodríguez Talavera y Ernesto Palacios, a quienes siempre recordaré mientras viva, echando de menos esas cervezas, esas carcajadas, la socarronería de uno y el humor inteligente de otro y esas magníficas horas que pasábamos juntos.

El ajedrez también me ha dado la oportunidad de conocer a profesionales que verdaderamente “profesan” la religión del ajedrez hasta sus últimas consecuencias luchando hasta el final y siempre demostrando amabilidad y buen hacer, entre quienes destaco a Juan Manuel Bellón y Pia Cramling, a quienes también doy las gracias por su amistad.

En fin, que a pesar de la realidad existente y de todas las puñaladas que nuestro juego recibe, el ajedrez nunca morirá si hay quienes lo aman y lo aprecian, cobren o no por jugar, cobren o no por arbitrar o cobren o no por organizar.

 

Jesús Romero.

 

 

 

 

  


 

 

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