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 Actualizado con fecha: 25/10/2013 22:59:00

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La Bandera del regimiento

 

 

Dedicado a

Juan Manuel Alonso, 

soldado valiente dónde los haya.

 

 

 

 

 

-1-

La Visita

 

Por enésima vez el anciano hojeó el álbum de fotos familiar.

 

A sus setenta y tres años de edad, no quedaban muchas actividades a las que pudiera, o quisiera, dedicarse. Algunas mañanas se dirigía al pequeño parque que había detrás de su casa y se sentaba en uno de los muchos bancos que el ayuntamiento había instalado para sus ciudadanos de edad más avanzada. Allí conversaba con otros pensionistas y juntos miraban y comentaban la petanca. En otros tiempos él también había jugado. El martes estaba reservado para las gestiones: banco, ayuntamiento, gestoría. El viernes iba al mercado; le gustaba elegir él mismo la fruta y el pescado, alimentos que constituían la mayor parte de  su dieta. Todos los domingos asistía a misa en la iglesia de Sant Antonio. Allí, entre los cada vez menos feligreses que se congregaban, casi todos ancianos como él, rezaba por el alma de sus amados y pedía misericordia por sus propios deslices.  

 

Pero las tardes, no. Cada tarde, después de comer, se daba el lujo de una pequeña siestecita y luego, sobre las cuatro y media, sacaba el álbum de su cajón y se sentaba en su sillón favorito delante de la estufa de gas, con las piernas tapadas con una manta de lana gris, mientras que otra le cubría la espalda y los hombros. Entonces comenzaba su viaje por las páginas de los recuerdos.

 

Por enésima vez las lágrimas se abrieron camino, deslizándose lentamente entre sus surcadas mejillas, nublándole la vista y, con ella, la imagen de un joven en diferentes etapas de su vida. Aquí, a los cuatro años, montado sobre un triciclo amarillo. Allí, recto y orgulloso en su elegante uniforme militar, jurando la bandera. En la última, recibida apenas seis meses antes, estaba rodeado de amigos, compañeros del regimiento, todos con el torso desnudo y lata de cerveza en la mano, riendo y saludando desde un lugar anónimo bajo el tórrido sol del oriente medio. En la distancia se perfilaban unas montañas desconocidas, con sus cimas cubiertas de nieve. Su preferida, a los once años, le mostraba levantando su primer trofeo, una copa por su victoria en un torneo infantil de ajedrez; un deporte que amaba con una pasión casi desmesurada.

 

Por enésima vez sintió el dolor agudo de la pérdida de su único hijo, el orgullo de su vida, la única cosa decente que había sabido hacer, el encargado de transmitir sus genes a las futuras generaciones; generaciones que ya no verían la luz del día. Otro sueño frustrado. Otra línea genética condenada a desaparecer, a extinguirse, como tantas y tantas especies. ¡Maldito dinero! Si en vez de trabajar tanto y ahorrar tanto se hubiesen dedicado a tener hijos, como habían hecho sus padres, en lugar de esperar y esperar hasta que ya fuera demasiado tarde, quizás el pobre corazón de su mujer no se habría parado al oír la trágica noticia y ella estaría aún viva, a su lado, los dos rodeados de hijos y nietos para aliviar la pena y ayudarles a superar la pérdida. ¡Dios, qué dolor!

 

Dejó escapar un suspiro y cerró los ojos, reclinando la cabeza sobre el respaldo del sillón, absorto en sus pensamientos, reviviendo los momentos maravillosos, incluso mágicos, que habían compartido; pescando truchas en el Garona, jugando al ajedrez o a las cartas en la terraza, paseando por el campo o la orilla del mar, fabricando pequeñas barquitas de cartón o de madera que luego soltaban para verlas flotar río abajo. ¿Por qué? ¿Por qué, Señor? ¿Por qué él? ¿Por qué no yo, que he vivido demasiados años y que ya me tocaba?

 

No alcanzaba a entender a ese Dios que había amado con tanto ardor. Un Dios misericordioso y, a la vez, tan cruel, tan injusto. ¿Por qué, Señor?

 

-       Hay un joven a la puerta que quiere verle, Señor, – le anunció en el oído la señora de la limpieza, interrumpiendo sin saberlo las reflexiones del viejo.

 

Le visitaba tres veces a la semana desde que murió su querida Adelina y era prácticamente su único contacto con el exterior.

 

-       ¿Alguien a la puerta, dices? – Le respondió el anciano. - ¿Y qué es lo que quiere?

-       Ha preguntado por usted. No me ha dicho el por qué, pero lleva uniforme militar. Debe ser algo oficial, creo.

-       ¿Militar? – repitió el viejo. – Pues hazle pasar, Conchita, hazle pasar, - se apresuró en añadir. - Seguramente tendrá que ver con Alex. ¡Ah! Y enciende la luz grande; está oscureciendo fuera. Y acerca un poco el otro sillón. Sí, allí mismo, justo delante de mí. ¡Ah! Y otra cosa, Conchita; pon la cafetera en marcha.

 

 

-2-

Ahogado

 

Mientras la señora Conchita atendía al visitante, él arregló un poco las dos mantas y se incorporó en su sillón. Luego, pasó una mano a modo de peine sobre el poco pelo que le quedaba y abrió el periódico a la página de los deportes. No convenía que un extraño fuera testigo de su tristeza, por muy militar que fuera. Llevaba toda una vida amagando sus emociones delante de amigos y familiares y no pensaba cambiar ahora.

 

Al poco rato, Conchita anunció al visitante.

 

-       El cabo Enrique Solana, Señor, para verle.

 

El viejo giró levemente la cabeza hacia el visitante y le indicó con la mano que se sentara en el sillón de enfrente.

 

-       Siéntase, joven. Siéntase aquí mismo, donde le puedo ver bien. Mi vista ya no es la misma, sabe, – añadió con una ligera sonrisa.

-       Gracias, Señor. Parece que se acerca una tormenta.

 

Mientras el militar tomaba asiento, su anfitrión le estudió de arriba abajo. No era muy alto, tal vez un metro setenta y cinco, - poco menos que su hijo, que medía un metro ochenta y dos, - pero debajo de su ropa se le veía fuerte, musculoso, aunque delgado. Sus botas negras brillaban como dos enormes estrellas alargadas, en forma de ocho. Vestía uniforme militar de diario, indicando que todavía servía en el ejército de tierra.

Al anciano le sorprendió constatar que era el mismo uniforme que había llevado su hijo; el del cuerpo de infantería ligera ‘Soria 9’, uno de los regimientos más antiguos de Europa. A punto de cumplirse su quinto centenario, tenía fama de ser un cuerpo ‘duro’ cuyo lema ‘SIEMPRE ADELANTE’ y sobrenombre ‘El Sangriento’ se habían ganado sobradamente a base de grandes actos heroicos en las batallas del siglo diecisiete, muy especialmente en Rocroy, Francia.

 

Cerró entonces los ojos un momento, recordando la razón que le dio su hijo por entrar precisamente en el ‘Soria’: “Pues verás, papa, fue allí donde Juan Belmonte, el torero, hizo la mili.” No se podía discutir con tal razonamiento. Cuando volvió a abrirlos, el joven ya estaba sentado en el sillón. Su pelo negro y tez morena indicaban que podía proceder del sur; Extremadura, quizás. Si, seguro que era extremeño; su acento así lo confirmaba. Llevaba un pequeño paquete envuelto en papel marrón y atado con un cordel muy delgado. Seguramente algún pequeño obsequio para sus padres, pensó el viejo.

 

El militar, por su parte, se sentó, colocó el paquete sobre la pequeña mesa que había al lado del sillón y espero educadamente, las manos apoyadas contra la parte inferior de su vientre y con los dedos entrelazados, a que el anciano terminara de inspeccionarle y respondiera a su comentario. Se sentía un poco incomodo ante la penetrante mirada del viejo. Alejandro Miralles, padre, no era de los que pierden el tiempo en socializar con frases triviales.  Se dirigió a su huésped con dos preguntas directas:

 

-    ¿Y qué le trae por aquí, cabo? ¿Es cabo, verdad? 

-    Sí, Señor, y quiero que sepa que es un honor conocer al padre de mi sargento, Alex Miralles. Su hijo es toda una leyenda en nuestro regimiento, Señor.

-    ¿Una leyenda? – repitió el anciano, algo sorprendido por esa afirmación. – No será para tanto, hijo, pero agradezco tu intento de suavizar la visita.

-    No, Señor. Lo que le digo es la verdad, - insistió el cabo. – Su hijo ha hecho algo que sólo está al alcance de los verdaderos héroes. Me salvó la vida, además de salvar algo mucho más importante.

 

La llegada de la señora Conchita interrumpió la conversación. Llevaba una bandeja con la cafetera humeante, una jarrita de leche, un bol de terrones de azúcar, dos tacitas con sus respetivos platitos y cucharitas y una bandejita de ‘cookies’, galletas con trocitos de chocolate incrustados, que eran las favoritas del señor Miralles.

 

-       Agradecería me hiciera un poco de sitio en la mesita, - le pidió amablemente al invitado.

 

El cabo no se hizo esperar y cogió inmediatamente el envoltorio que había traído y lo puso en el suelo, al lado del sillón.

 

-       Muy amable.

 

Entonces, depositó la bandeja sobre la mesita redonda y procedió con el ritual del café.

 

-       ¿Con o sin leche? – le preguntó al cabo.

-       Sin leche, gracias.

-       ¿Azúcar?

-       Tres terrones, por favor. – Parecía disculparse. - Es que me gusta dulce.

 

Luego repitió el proceso para el dueño de la casa, pero esta vez sin hacer preguntas ya que conocía de sobra sus gustos: café, cortado con una gota de leche y sin azúcar. Le pasó la taza y añadió, dirigiéndose al joven militar con una ligera nota de vanidad en su voz:

 

-        Espero que le gusten mis galletas. Las preparé yo misma esta mañana.

-    Seguro que están muy buenas, - respondió el cabo antes de coger una y probarla. – Mmm, deliciosas.

 

No cabía duda de que la señora Conchita estaba orgullosa de sus ‘cookies’. Antes de retirarse, movió la mesa de modo que estuviera entre los dos hombres y al alcance de cada uno de ellos. Cuando se hubo retirado, la conversación se reanudó.

 

-       Desde luego, estas galletas son excelentes, - comentó el cabo al padre de su sargento. - Con su permiso cogeré otra.

-       Como en su casa, joven; como en su casa.

-       Gracias Señor. He viajado desde Zaragoza y, francamente, al ver y olerlas me ha entrado el hambre.

-       Coja, coja. No sea tímido. El café también es muy bueno. Es colombiano. Me lo traen recién molido del bar de la esquina. Todo el pueblo va a comprarlo allí.

 

El militar no esperó a que le repitiesen la invitación y se sirvió una tercera galleta.

 

-       Dígame pues en que le puedo servir, joven. Tendrá una razón importante para venir desde tan lejos, digo yo. ¡No será por las galletas de la Conchita! - añadió riendo.

-       No Señor, - respondió el otro riendo también, - aunque el viaje bien valdría la pena sólo por eso.

-       Pues me alegro de que le gusten. Son mis favoritas, sabe, - y acto seguido cogió un par de galletas con sus dedos alargados y arrugados y las colocó en el brazo de su sillón.

-       Vine a verle, Señor, porque su hijo me salvó la vida en una misión muy arriesgada. Él debió intuir que no regresaría porque la noche antes de… de… de los acontecimientos, mientras jugábamos una partida de ajedrez, me dijo: “Sabes Kiko,” todos mis amigos me llaman así, “sabes Kiko,” me dijo, “soy hijo único. Mis padres viven solos en el pueblo y a veces me siento culpable por no estar allí con ellos.”

-       ¿Eso le dijo?

-       Sus palabras exactas, Señor. Se preocupaba por sus padres. Yo tengo tres hermanos y una hermana y raras veces pienso en la familia, pero él… él hablaba de usted todo el rato. Me contaba historias de su juventud. Le encantaba ir a pescar con usted y, sobre todo, jugar al ajedrez. Es…, quiero decir era un apasionado y yo era el único que le ofrecía un poco de resistencia. Pero siempre acababa ganando él. Siempre... excepto la última partida que jugamos.

-       ¿Usted le ganó a mi hijo? - Preguntó el viejo incrédulo.

-       ¿Yo? ¡No! ¡Qué va! Pero la tenía ganada. Llegamos a la jugada 44. Yo llevaba torre de más; se la dejó en una combinación arriesgada que no le salió bien. Además, teníamos dama, alfil  caballo y cinco peones, cada uno.

-       ¿Con qué color jugaba?

-       Yo, negras. Él jugaba con las blancas.

-       Entonces, seguro que abrió con Caballo f3. Siempre jugaba la Reti.

-       ¡Exacto!

 

A medida que avanzaba el relato, la emoción se iba haciendo patente en la cara del anciano. Parecía vivir con intensidad la partida que le estaba contando el joven cabo. Éste, sin darse cuenta, había evocado la viva imagen de los combates amistosos que habían librado antaño padre e hijo, y que nunca más se librarían.

 

-       Siga, por favor. Siga. – dijo con voz entrecortada.

-       Pues, como le estaba diciendo, yo tenía superioridad material y le dije: “Ya te tengo, sargento. Esta vez no te escaparás.” Pero él, más tranquilo que una foto, me respondió: “No tan de prisa, cabo. Aquí hay gato encerrado.” Y acto seguido se deja una pieza. “No puede ser,” pensé yo. “Aquí hay trampa segura.” Pero no vi nada extraño en la posición. Sin embargo, no me comí la pieza. Coloqué mi torre en la última fila amenazando mate y él, sin perder un momento, volvió a mover su alfil y lo puso en la misma diagonal que el mío, impidiendo el mate. Esta vez no dudé: “Se ha vuelto a equivocar,” pensé. “Ahora son dos piezas de ventaja las que tengo y sigo amenazando mate. Imposible que me gane.” Me comí el alfil y le miré a los ojos y él me devolvió la mirada y, sin pestañear,  cogió su dama y la colocó en la última fila. “¿Pero que haces, tío? ¡Estás totalmente perdido!” le dije riendo. Entonces comí la dama con mi torre y él se me quedó mirando. “¿Qué?” dije yo. “¿Te rindes?” “Es que no tengo jugadas,” me contestó él. “Me has ahogado,” y entonces se puso a reír como un chimpancé mientras que yo, como un tonto, me quedé allí, boquiabierto, viendo que efectivamente le había ahogado y no le quedaban jugadas legales.

-       Je, je, je. Ésta es buena. – Ahora era el señor Miralles quien reía como un niño. – Je. Je, je. Me habría gustado ver tu cara. Je, je. Siempre fue un pillín. No te podías fiar nunca de él. Je, je.

-       Si me lo permite, Señor, tiene usted la misma risa que él.

-       Si, - respondió el viejo, sereno de repente. – Teníamos muchas cosas en común.

 

Se quedaron los dos en silencio unos cuantos minutos, cada uno con sus pensamientos. Finalmente, fue el anciano quien rompió el silencio.

 

-       Hijo, no sabes cuanto me ha alegrado tu visita. Te lo agradezco de todo corazón.

-       Ha sido un placer, Señor. Además tenía ganas de conocerles. Su hijo me habló tanto de ustedes. Les quería mucho.

-       Me temo que soy el único que conocerás, hijo. Su madre murió al oír la noticia. Su corazón ya estaba débil y no aguantó.

-       Lo siento mucho, Señor. Dos pérdidas en tan poco tiempo no deben ser fáciles de soportar.

-       Y que lo digas, hijo. Y que lo digas.

 

Otra vez, silencio.

 

-       ¿Señor, le han explicado como ocurrió?

-       ¿Lo de mi hijo? No. Solamente que murió por la explosión de una mina que pisó el VAMTAC en que viajaba. Le dieron la Medalla Militar Individual póstumamente. Me la entregaron al entierro. Pero, la verdad es que no lo entiendo. No es el primer soldado que muere en estas circunstancias y no conozco de ningún otro caso en que hayan otorgado esa medalla en concreto. Me parece un poco excesivo. ¿A ti no? Mira, la tengo en aquella vitrina si quieres verla.

-       Sería un honor para mí, Señor. – Se levantó y se dirigió a la vitrina para ver de cerca la condecoración. – Yo no estuve en el entierro, Señor. Me estaba recuperando de las heridas que recibí durante el combate. Por poco me matan a mí también. Si no fuera por su hijo… – Dejó la frase sin terminar. – Es muy bonita, Señor. Si alguien se la mereció, ése desde luego fue sin duda Alex. Le debo la vida.

-       Kiko ¿Puedo llamarte así? Kiko, no sé si te lo permiten, pero quisiera saber lo que ocurrió realmente. Creo que me sentiría más cerca de él si supiera lo que sucedió.

 

El cabo no contestó inmediatamente. Regresó a su asiento y se sirvió otra taza de café.

 

-       Debe estar frío, supongo, pero da igual. Estoy acostumbrado. ¡Las tazas de café frío que hemos tomado juntos!

 

Tomó un sorbo y levantó la vista. Miró al anciano a los ojos y reconoció la mirada de su amigo, pero triste, casi vacía; los mismo ojos ovalados, del mismo color gris, las mismas pestañas largas, las mismas cejas, aunque éstas menos densas y casi blancas, al igual que el poco pelo que le quedaba. Serían idénticos, si no fuera por la edad. No sería fácil hablar de aquello. Las pesadillas habían dejado de atormentarle, pero cada vez que pensaba en aquel día, empezaba a sudar, a veces incluso a temblar. Pero, ya cuando emprendió este viaje sabía que acabaría contándolo. Por eso había traído el paquete.

 

-       Hijo, si te resulta…

-       No, no, Señor. No es eso. De hecho necesito compartirlo con alguien que le quería igual que yo. – Hubo una pequeña pausa y luego continuó. - No nos dejan hablar de los detalles de una acción. Ni siquiera podemos revelar dónde estábamos. Pero esto es algo muy especial. Alex me salvó la vida y estaré en deuda con él por el resto de mi vida. Quiero que sepa, Señor Miralles, que si algún día me necesita, siempre podrá contar conmigo. Me licenciaré de aquí un mes y entonces será más fácil contactar conmigo.

-       Gracias, hijo. Que Dios te bendiga. Alex tenía en ti un buen amigo.

-       Y yo en él, Señor. ¿Cuántos amigos darían su vida, eh?

 

Devolvió la tacita de café con su platito sobre la bandeja y dirigió su mirada otra vez al padre de su mejor amigo antes de empezar el relato.

 

 

-3-

Afganistán

 

-       Estábamos en Afganistán, en la base de Herat, en el oeste del país. Es una base de apoyo avanzada que está situada justo en el cruce de las dos carreteras principales de esa provincia. Formábamos parte de la ISAF, la Fuerza Internacional de Seguridad y Asistencia de la ONU. Apenas nos quedaban dos semanas para regresar a España y dejar paso a otro contingente que nos relevaría. En cuatro meses no habíamos visto ninguna acción que merecía la pena y los talibanes no cesaban de hostigarnos. Cada día lanzaban cohetes sobre la base y el aeropuerto. Justamente, la semana anterior murieron tres compañeros al caer un artefacto a dos metros de su vehículo. Cada semana se cargan a algún militar u otro de la fuerza internacional, sean españoles, italianos o polacos. La verdad es que estábamos hartos y sedientos de venganza, así que cuando nos encomendaron una misión arriesgada, todos nos ofrecimos voluntarios. De nuestro pelotón eligieron mi escuadra: su hijo, el cabo Robledo, Capdevila, Sánchez y yo. Nos incorporamos a una unidad especialmente formada para esta acción. Teníamos que investigar un pueblo en la montaña. Estaba muy aislado y se rumoreaba que allí iban a curarse los talibanes heridos en combate. Se podría decir que era una especie de campo de recuperación. Teníamos que apresar a unos cuantos oficiales y regresar a la base, sin levantar sospechas, para interrogarles. Nos dijeron que querían un mínimo de dos y que con cuatro bastaría. También dijeron que en el pueblo no había soldados talibanes salvo los heridos y algunos guardias. ¡Vaya inteligencia de mierda! Disculpe la expresión, Señor, pero me entra una rabia cuando pienso en los once valientes que murieron y los más de veinte heridos, yo entre ellos.

 

Volvió a pararse un momento, hecho que el viejo aprovechó para animarle.

 

-       Te entiendo, hijo. No es agradable arriesgar tu vida en base a lo que dicen unos ineptos completamente desconocidos.

-       No podía haberlo dicho mejor. En fin, después de diez días de arduo entrenamiento, nos llevaron de noche en dos helicópteros Cougar hasta un lugar desierto a unos veinte kilómetros del objetivo. Todos creíamos que las ruidosas aeronaves atraerían la atención de los talibanes, por lo que nuestra sección desembarcó a toda velocidad por ambos flancos de los Cougars y nos desplegamos en cuña. Al constatar que éramos los únicos allí, las naves retomaron el vuelo y nosotros caminamos hasta un punto a dos kilómetros del pueblo. Allí nos separamos en tres grupos de diez. Alex lideraba el nuestro. Todos vestíamos uniforme de camuflaje. Llevábamos el famoso ‘woodland’ norteamericano, que a nadie le gusta ya que es más apto para Europa y los trópicos que para el desierto. De hecho, hay rumores de que lo van a cambiar muy pronto. Bueno, ya habíamos reconocido el terreno en mapas y fotografías aéreas y habíamos repasado una y otra vez el plan de acción. Parecía sencillo, aunque a nosotros nos tocó la parte más peligrosa, la de ser los primeros en entrar en el pueblo. Nos dirigimos a la cueva que iba servirnos de base y de donde saldríamos antes del alba siguiente para llevar a cabo nuestra misión. No era muy grande, pero cabíamos los diez. La entrada era diminuta y teníamos que agacharnos para entrar y salir. Fuera, había una roca lo suficientemente grande como para tapar casi por completo la entrada, pero no se podía colocar desde dentro, así que el sargento mandó poner un centinela que taparía la entrada desde fuera y sería relevado cada hora; a mí me tocó el primer turno. Luego mandó plantar la bandera al fondo de la cueva.

-       ¿La bandera?

-       Sí. A menudo tenía que aguantar las bromas de los demás compañeros en la base ya que siempre se llevaba la bandera coronela del regimiento cuando salíamos de misión; incluso cuando íbamos con otras unidades. Era impensable para él luchar sin su querida bandera. Era una especie de superstición. Más bien dicho, creo que era su talismán personal. A nosotros no nos importaba tanto, pero a él sí. Era sagrada.

-       Pero, hijo, corrígeme si me equivoco, pero yo creía que la bandera no se puede llevar consigo durante una acción.

-       Tiene usted razón, Señor. Está absolutamente prohibido, como lo es llevar insignias. Todos lo sabíamos pero a nadie se le hubiera ocurrido contradecirle o delatarle. Su hijo era muy popular y a nadie le importaba esta norma que todos considerábamos un poco exagerada. Además, siempre volvíamos sanos y salvos y la bandera le daba  sentido a lo que hacíamos. En fin, como le decía, a mi me tocó el primer turno y a los demás les mandó dormir todo lo que pudiesen, ya que el día siguiente podía ser nuestro último. “¿Quién diablos quiere dormir en su última noche?” bromeó Capdevila, y todos nos reímos a gusto. Pero no era una broma. Capdevila fue uno de los que no regresaron. En fin, a las tres de la madrugada nos dirigimos al pueblo. Otro grupo tenía que entrar por el lado opuesto y el tercero se mantendría en reserva. No estaba permitido hablar por la radio salvo en caso de emergencia o cuando la misión se hubiese acabado. Nos dimos cuenta de inmediato de que algo no encajaba. Al pasar por las primeras casas vimos tres camiones aparcados en un callejón. Las fotos aéreas tomadas la mañana del día anterior no mostraban ningún camión en el pueblo, solamente un cuatro por cuatro y dos pequeñas furgonetas. “Deben haber llegado durante la tarde de ayer,” me susurró Alex al oído. “Quédate aquí con el resto del grupo mientras voy a investigar con Capdevila y Sánchez.” Luego se dirigió al cabo Robledo y le entregó el mando mientras estaba ausente. Algo debió de salir mal porque apenas pasaron diez minutos cuando oímos disparos. Todos nos tiramos al suelo, rifle en mano. Llevábamos gafas de visión nocturna y vimos al sargento corriendo hacía nosotros arrastrando a uno de los nuestros que parecía mal herido; era Sánchez. “Retirada,” ordenó el sargento.

-       Y el otro, - interrumpió el anciano, un poco agitado. - ¿Qué le pasó al otro?

-       Como dije antes, Capdevila no regresó.

-       Entiendo. Perdona la interrupción.

-       Entonces, vimos a un grupo de unos veinte talibanes acercándose por detrás de los camiones. Lanzamos dos granadas de humo y los saturamos de fuego con nuestros G-36s y MG3s. Entonces, aprovechando la cortina de humo que habíamos provocado, salimos pitando de allí, perseguidos por disparos. No podían vernos y disparaban a ciegas, pero a Julio le alcanzaron en la cabeza y cayó muerto. Wilson, un ecuatoriano, recibió un balazo en el cuello y yo otro en la pierna. ¡Dios cómo quemaba! Los demás recogieron a Julio y nos ayudaron a Wilson y a mí a seguir corriendo. Apenas habíamos recorrido medio kilómetro cuando el sargento nos dio la orden de parar. “Velásquez, ponme con el teniente Ramírez del grupo tres. Chicos, Capdevila ha muerto. También Julio… y parece ser que Wilson también. ¿Teniente? Oye, la cosa se ha torcido y nos están persiguiendo. Tengo tres bajas y un herido. Allí tienen todo un ejército de talibanes. Operación anulada. Sí, sí, hazlo. Pide refuerzos y que nos saquen de aquí. Volvemos a la cueva. Cierro, que nos pisan los talones. Suerte. Bueno, chicos lo habéis oído. En marcha.” Seguimos caminando, muy lentamente ya que yo no podía correr y teníamos que cargar con los dos muertos. Todavía nos faltaba algo más de un par de kilómetros para llegar a la cueva. De repente cayó un obús a unos cien metros, luego otro un poco más cerca. Estaban a unos doscientos metros al sur de nosotros y venían muy deprisa. “Rápido, chicos, detrás de aquel montículo. Intentaremos despistarlos.” Alex era el único que hablaba. Mantenía la sangre fría y la cabeza lúcida. Los demás quisimos acción y ahora estábamos todos cagados de miedo. Nos refugiamos detrás de una pequeña elevación y nos dispersamos, formando una línea detrás del montículo. Quedábamos siete y teníamos además las armas de los dos compañeros caídos y casi toda la munición que habíamos traído. Si aquellos mal nacidos llegasen a encontrarnos podríamos resistir un rato, pero ¿cuánto rato? No tardamos en saberlo. Alex miraba por los prismáticos nocturnos y exclamó: “¡Joder! Debe haber más de cincuenta hombres allí; lo cual explica los tres camiones. Pero ¿Qué diablos hacía toda esta gente allí? No parecen heridos de guerra. Estos son combatientes regulares, diría yo. Ponme con Ramírez, Velásquez. ¿Teniente? Nos atacan medio centenar de talibanes bien armados. Intentaremos resistir pero son muchos y nosotros siete. ¿Has hablado con el grupo dos? ¿Cuántos? Bien, bien, han tenido suerte, creo que el grueso está tras nosotros. ¿Podéis hacer algo? Bien, estamos entre el pueblo y la cueva, a poco más de medio camino. Suerte, Señor, y gracias. Cierro. Bueno chicos parece que el otro grupo ha tenido más suerte. Mientras estos nos atacaban, consiguieron coger a un oficial. Tienen dos heridos leves. Estos se quedarán con el prisionero mientras que los demás se reúnan con Ramírez y su grupo para ayudarnos.” Justo entonces cayó un obús a treinta metros a nuestra derecha. Un minuto después cayó otro, a cuarenta metros a la derecha. “Nos están buscando,” dijo Alex. “Esperan que disparemos para localizarnos. Que nadie dispare hasta que dé la orden.” Éramos un grupo disciplinado y a nadie se le hubiera ocurrido desobedecer una orden de nuestro sargento. El enemigo estaba a cien metros delante de nosotros y los obuses siguieron cayendo, primero a nuestra derecha, después a la izquierda. Los talibanes se dividieron en tres columnas y avanzaron, una directamente hacía nosotros y las otras dos flanqueándonos. “Ya ha llegado la hora chicos. Fijar bayoneta y preparar las granadas.” Creo que todos empezamos a temblar. Yo me puse a rezar, jurando que si salía de aquel infierno haría el camino de Santiago desde Cáceres, con pan y agua y nada más.”

-       ¿Y lo hiciste?

 

Era la tercera vez desde que empezó a contar lo sucedido que el anciano le interrumpía, pero al joven cabo no parecía molestarle. El viejo había estado escuchando con la máxima atención y la emoción y la tensión eran patentes en su cara y en sus manos, una fuertemente apretada al brazo del sillón y la otra cerrada y apoyada sobre su rodilla. La manta que cubría sus hombros se había caído, pero no se había dado cuenta.

 

-       No, Señor. Todavía no. Pero tan pronto como me haya licenciado lo haré. Le mandaré una postal desde Santiago para que sepa que he cumplido con mi juramento.

-       Perdón, hijo. Sigue, sigue.

-       Los talibanes de en frente se movían mucho más de prisa que los demás. Cuando estaban a solamente veinte metros abrimos fuego, barriendo con los G-36s en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Eran veinte y cayeron todos. Respiramos hondo, pero entonces llegaron los disparos desde los dos lados. Liñan, el rubio, recibió una ráfaga en la cara y una granada se llevó a Sánchez y a Velásquez, el radio. Entonces, el cabo Robledo, el mayor entre nosotros, un profesional de más de quince años de servicio, le dijo a Alex: “Sargento, llévese al niño y a Solana a la cueva. En la oscuridad, puede que no os vean. Dejadme las armas y la munición. Trataré de retenerlos hasta que lleguen los refuerzos.” Alex intentó negarse: “No cre…,” pero el otro insistió: “No pierda el tiempo, Sargento. Es vuestra única oportunidad.” Alex no dudó más. “Venga, chicos, al galope. Juan, eres un valiente. Nunca olvidaré tu gesto.” “Venga ya, que me harás llorar. Largaos de una vez.” Salimos de aquel agujero corriendo como demonios. Jorge, el que llamábamos ‘el niño’ por ser el más joven, tuvo la mala fortuna de recibir una bala en la cabeza justo cuando se levantaba. Alex me ayudó y juntos conseguimos llegar a la cueva. En la distancia oímos disparos durante mucho rato. Luego silencio. Increíblemente, toda la acción había durado menos de dos horas desde que llegamos al pueblo. Los primeros rayos del sol empezaban a iluminar aquella vasta extensión de arena. Afganistán es un país montañoso, pero también hay zonas llanas y muy desérticas. Alex salió a echar un vistazo, pero no tardó en volver corriendo. “Escúchame bien, Kiko. Hay un grupo de unos treinta talibanes dirigiéndose hacia nosotros. Tardarán una hora en llegar aquí. No podemos cerrar la entrada de la cueva desde dentro y seguramente están siguiendo nuestras pisadas. Tú quédate aquí. Yo saldré y taparé la entrada. Luego les distraeré para alejarlos de la cueva.” “Pero ¿qué dices? Yo no me quedo aquí solo. Me voy contigo.” Intenté levantarme pero mi pierna no soportó mi peso y me caí. Alex se río de mí, pero sin malicia. “Oye, Kiko. No es que quiera darte una orden, pero juntos no llegaríamos muy lejos. Escúchame bien. ¿Te acuerdas de la partida que jugamos ayer, la que empatamos?” “Si claro. Hiciste trampa para que ahogara tu rey.” “No fue trampa, y tú lo sabes. Fue una maniobra de distracción. Tú fuiste a por la dama y te olvidaste que tu objetivo era el rey. Si en vez de comerte la dama me hubieras dado jaque con la torre, me habrías obligado a comer la torre y perder la dama, luego, tú habrías tardado pocas jugadas en darme mate ya que me tenías prácticamente rodeado.” “Sí, ya, me lo explicaste ayer. Pero no veo lo que tiene que ver eso con nuestra situación. Lo único que pretendes es distraerme para que no me preocupe.” “¡Qué va! Todo lo contrario. Quiero que te preocupes. Quiero que te preocupes por la bandera, Kiko. Tu misión a partir de ahora, es proteger la bandera coronela con tu vida. Me entiendes, con tu vida. En el supuesto caso de que consigan entrar, debes quemarla. Me entiendes, Kiko, debes quemarla. Aquí tienes un mechero. No esperes a que te maten. Quémala.”

-       Eso es típico de él. Amaba a su patria incluso más que al ajedrez, y quizás a su propia familia.

-       “Bueno, vale,” – le contesté. “Pero tú ¿qué vas a hacer?” “Lo que hice ayer en la partida. Efectuaré una maniobra de distracción para evitar que esos mal nacidos encuentren la cueva y dar tiempo a los refuerzos para que lleguen aquí. Mira, Kiko, en esta batalla en concreto, nosotros no podemos ganar. Ya hemos perdido siete, seguramente ocho, hombres. Pero, tampoco podemos permitir que ganen ellos. Por lo tanto hemos de provocar una situación de empate; una especie de ahogado, me entiendes. Nuestro rey en esta batalla no eres tú, ni tampoco soy yo. Nuestro rey es la bandera del regimiento. Si evitamos que caiga en manos enemigas habremos conseguido el empate. No es una victoria, pero tampoco es una derrota. Esta guerra, a la larga, la ganaremos nosotros. Tú ocúpate de proteger al rey. Yo me ocupo de provocar el ahogado. ¿Vale?” “Te entiendo, aunque no me gusta. ¿Cuánto tardarás en volver?” “Bueno, yo diría que los refuerzos estarán aquí a media mañana. Ramírez es un buen hombre y no nos fallará. Yo llevaré a esos bastardos lo más lejos posible y luego me reuniré con vosotros.” Me quedé en silencio, ya que no sabía que más decir. “Ven aquí, compañero,” dijo él entonces. “No, no, no te levantes. Déjame abrazarte.” Nos abrazamos, yo medio tumbado y él inclinado sobre mí, durante un par de minutos. Luego, cogió su arma y, sin mirar atrás, salió de la cueva y empujó la roca para taparla.

 

 

 

-4-

Todo Tiene su Fin

 

El anciano era incapaz de reprimir su emoción al escuchar de primera mano los detalles de la última operación en que participó su hijo, de sus últimos instantes con vida. No le fue difícil intuir lo que vendría a continuación, pero a su edad, su tiempo se agotaba y la paciencia y la espera ya no figuraban entre sus prioridades. Necesitaba oír el último acto.

 

-       ¿Y tú, qué hiciste?

-       Yo me quedé tumbado en la oscuridad y, de repente, las lágrimas que había estado reprimiendo empezaron a brotar. Me arrastré hasta la bandera y esperé con el mechero en una mano y mi G-36 en la otra. Los refuerzos llegaron a mediodía. El primero en entrar no era ningún otro que el mismísimo cabo Juan Robledo, el que se había quedado atrás. Aquella acción le valió a él también la Medalla Militar Individual. Él sí que pudo disfrutarla.

-       ¡O sea, que se salvó! ¿Estaba rodeado y se salvó?

-       Así es. Me contó que después de irnos, disparó un montón de munición para darnos tiempo de alejarnos y luego se deslizó por la parte frontal del montículo, allí donde no le esperaban, y fue corriendo hacía donde creíamos que vendrían los refuerzos. Ellos toparon con otro grupo de talibanes, más pequeño, y perdieron algunos hombres, cosa que les retrasó. “¿Y el sargento?” Me preguntó con voz preocupada. “Supongo que no tardará en llegar,” dije yo en mi estúpida inocencia. “Tapó la entrada y se fue para efectuar lo que llamó una maniobra de distracción.” “¿Una maniobra de distracción? ¡Joder! ¡Serás idiota!” “¿Qué pasa?” le pregunté. “No te entiendo. ¿Qué ha hecho de mal?” Ni siquiera se dignó en mirarme. Dijo simplemente: “Algún día lo entenderás.” Luego, cogió la bandera, la dobló y se la metió debajo de la camisa para esconderla. “No queremos que los refuerzos la vean ¿verdad?” me dijo con un guiño.

 

Una vez más cayó el silencio sobre los dos hombres que habían compartido un mismo afecto por un mismo hombre, amor filial en el caso del anciano y compañerismo militar en el caso del cabo.

 

-       Pero no regresó, - dijo finalmente el viejo. – Mi hijo no regresó vivo de aquella misión ¿verdad?

-       Encontraron su cuerpo a más de dos kilómetros de la cueva. Estaba rodeado de talibanes muertos. El helicóptero que venía a buscarnos los vio en la distancia y acudió en su ayuda. El resto de los talibanes huyó, pero Alex ya había caído. Sólo pudieron recuperar su cuerpo. Las tropas entraron en el pueblo ese mismo día, por la tarde, y recuperaron el cuerpo de Capdevila. De los tres grupos que fueron, murieron en total once hombres, once soldados, todos ellos hombres buenos y valientes. Consiguieron repatriar todos los cuerpos para darles un entierro digno. Siete eran de nuestra sección. Ninguno de ellos quería  morir, pero tampoco hubiesen elegido otra forma de hacerlo. Hubo veinte heridos, entre ellos el mismo teniente Ramírez.  La versión oficial dijo que murieron al explotar minas debajo de sus vehículos, pero todos sabemos que los de inteligencia la cagaron. Se conformaron con las fotos de la mañana y no siguieron tomando más fotos. “Cosas de presupuesto”, – dijo el cabo, indicando las comillas con los dedos. - Aquella tarde, había llegado al pueblo un alto mando talibán herido y por eso le acompañaban unos setenta hombres en los tres camiones que vimos y un par de ‘Jeeps’ americanos robados. Solamente pudimos celebrar dos cosas: apresamos el alto mando talibán, lo que le valió a nuestro general un ascenso y el agradecimiento personal de nada menos que el presidente norteamericano. Además, salvamos nuestra bandera, la bandera de Alex, la bandera del regimiento. De las dos, me quedo con la segunda, Señor.”

 

El militar alzó la vista y lo que vio le estremeció. El anciano estaba llorando, abiertamente, sin ninguna señal de vergüenza, sin intentar tapar los ojos o secar las lágrimas. El cabo no lo sabía entonces, pero era la primera vez que Alejandro Miralles, padre, lloraba delante de alguien.

 

El joven, entonces, se levantó y se acercó al padre de su amigo. Se inclinó sobre él y le abrazó, al igual que lo había hecho con él su sargento antes de salir hacia su fatídico destino… y la gloria póstuma.

 

Después de quedarse así los dos, en lo que pareció una eternidad, el anciano se recuperó y saco un pañuelo de la bata que llevaba. El joven al notar el movimiento se apartó y recogió el envoltorio que estaba en el suelo. Mientras el viejo se secaba los ojos y la cara, el cabo, discretamente dándole la espalda, deshizo el cordel y desenvolvió el paquete. Una vez abierto lo puso sobre su sillón y cogió una caja rectangular del tamaño de una caja de zapatos. La abrió y sacó un objeto de dentro. Se giró hacia su anfitrión y se lo mostró. Era un juego de ajedrez portátil abierto.

 

-    Este juego pertenecía a su hijo, Señor. Quería devolvérselo a usted personalmente. Las piezas todavía están en la posición final de nuestra última partida.

 

Acercó el juego al viejo y, ciertamente, como por magia, las piezas estaban en dicha posición. Cada casilla tenía un agujero en el centro y desde la base de cada pieza del juego se extendía un palito de un centímetro de longitud que permitía colocar las piezas en los respetivos agujeros de las casillas. De ese modo, las piezas no podían caer, incluso cuando el tablero estuviese en movimiento, como en un tren o un camión militar, por ejemplo. La profundidad de cada una de las dos mitades de la caja permitía cerrarla sin la necesidad de quitar las piezas, de modo que la partida se podía reanudar más adelante.

 

El anciano cogió el juego que le ofrecía su huésped y pudo apreciar la posición final de la partida. La posición que inspiró a su hijo a realizar su última jugada táctica. Efectivamente, el rey blanco estaba en posición de ahogado provocado por la última jugada de las negras, que a su vez fue provocada por la última jugada de las blancas. ¡Genial!... si el final no hubiese sido tan trágico. El rey se había salvado. La bandera estaba intacta. Pero su hijo, no. Su rey, no. Su rey había entregado su vida  a miles de kilómetros de casa para salvar a otro rey, un rey que consideraba muy por encima de su vida y de la de sus compañeros.

 

Volvió a mirar la posición y se imaginó a los talibanes, convertidos en peones negros, y su artillería, las piezas negras, avanzando hacía la posición del rey blanco, encerrado en su cueva, y el sargento, su propio hijo, la dama blanca, saliendo de su refugio para sacrificarse y salvar a su rey.

 

 

-    Gracias hijo. Te agradezco el gesto y estoy muy emocionado, pero esto solamente me haría sufrir aún más. La imagen de lo que ocurrió me perseguiría en forma de pesadilla. Quédatelo tú. Era tu amigo, tu compañero de ajedrez. Estoy seguro que lo habría querido así.

-    Entonces deje que le entregue otro objeto que he traído, Señor, - dijo el cabo, recuperando la cajita.

 

La cerró y la puso sobre el sillón detrás del paquete abierto. Después, sacó del envoltorio una bolsa de plástico que contenía una tela. Estaba plegada, como las telas que se encuentran en cualquier tienda de tejidos. Se volvió a girar y, a medida que iba desplegando la tela iban apareciendo diversos colores hasta que finalmente, el viejo pudo ver, en toda su esplendor, la que sin duda debía ser la bandera del regimiento.

 

-       Esto, Señor, es para lo que murió. La bandera de nuestro regimiento. Sería un gran honor para mí, y también para el sargento Robledo, que la tuviera usted. Nadie se enterará de que la hemos sustraído. Además, pueden reemplazarla muy fácilmente. Pero, ésta, Señor, ésta es la auténtica, la original, y de alguna manera le pertenecía.

 

El anciano se quedó mudo, recordando sus años en la ‘mili’ y su propia jura de bandera. No podía negar que sintió entonces un orgullo muy especial al pertenecer a un cuerpo militar y compartir penas y alegrías con sus compañeros. Tal vez fuese él mismo, sin darse cuenta, o quizás deliberadamente, el que instiló en su hijo el amor por la patria. Era cierto. Los hijos siempre pagan por los pecados de los padres. Se levantó, no sin alguna dificultad, y aceptó el regalo que le hacían. Un especial homenaje al coraje de su hijo, un soldado especial.

 

-       Hijo, tener esta bandera, la misma que estuvo allí, será un gran honor y un gran orgullo. La pondré en la vitrina con su medalla y se las enseñaré a todo el que entra aquí. Gracias, hijo. Gracias.

 

Volvieron a plegar la bandera y la llevaron a la vitrina. Allí, el anciano sacó la medalla que yacía sola en un estante de cristal y, cuidadosamente, colocó la bandera sobre el estante. Después, puso la medalla de hierro oxidado encima de la bandera. Esta vez, el joven pudo examinarla más de cerca y apreciar los detalles.

 

Medía unos cuatro centímetros de diámetro y llevaba en el anverso un círculo de plata de unos tres centímetros de diámetro. En el interior del círculo se podía ver un sol naciente en el horizonte, tras el mar, y una matrona representando a España y sosteniendo una corona de laurel en una mano y un escudo con cabeza de león en la otra. Una corona de laurel y roble rodeaba el círculo de plata. En la parte inferior, se podía leer claramente el lema ‘AL VALOR MUY DISTINGUIDO’.

 

La cinta parecía estar confeccionada con seda y estaba conectada a la medalla por una anilla rectangular de unos quince milímetros de ancho. Tenía una longitud de unos cuatro o cinco centímetros y lucía los colores de la bandera española. Llevaba cosida un rectángulo dorado con una fecha. El cabo reconoció la fecha de la acción en que falleció su amigo.

 

-    Es realmente preciosa, Señor, y francamente me emociona verla tan de cerca. 

-    Sí. Y ahora entiendo por qué la recibió.

 

El anciano cerró la vitrina y regresaron a sus sillones.

 

-    Por cierto, antes me ha parecido oírte decir “el sargento Robledo”.

-    ¡Ah! Sí. Juan Robledo también recibió una medalla por su acción heroica y le ascendieron a sargento ¡Por cuarta vez! Siempre acaba perdiendo los galones, pero es un buen hombre, y muy valiente. No pudo venir hoy ya que le mandaron a Bosnia la semana pasada, pero me ha encargado de transmitirle su más profundo y sincero pésame. Lamentó mucho no llegar a tiempo. Pero él es un profesional y sabe aceptar esas cosas mejor que nosotros.

-    Entonces, dale las gracias de mi parte, hijo.

-    De su parte, Señor.

-    Por cierto, una pequeña curiosidad, tú no eras cabo cuando todo eso ocurrió, verdad.

-    No Señor, - respondió el joven militar con visible orgullo. – Me ascendieron a raíz de esa acción. Vino a verme al hospital el coronel en persona y me entregó la Medalla Militar Colectiva con Insignia Individual.

-    ¿Y no la llevas puesta?

-    Es que mi novia no lo sabe, Señor, y no quiero asustarla. Tendría que darle explicaciones… o mentirle.

-    Te entiendo. Muy prudente.

-    Gracias, Señor.

 

En aquel momento sonó el reloj de la estancia indicando que eran las siete menos cuarto.

 

-       ¡Cómo ha pasado el tiempo! Creo que le he entretenido demasiado, Señor, - dijo el cabo levantándose.

-       Te quedarás para cenar, ¿no? Creo que está diluviando allí fuera.

-       Me encantaría, Señor, pero tengo la novia que me espera esta noche en Zaragoza y no puedo fallar. Vamos a un concierto de Los Módulos. He pedido al taxista que regresara a las siete.

-       ¿Los Módulos? Si esos eran de mi época

-       Pues sí. Tiene razón, - respondió el joven riendo. Es un grupo de los sesenta que ha vuelto con una gira de despedida final. A su hijo le gustaba mucho su música. Seguro que habrá algún disco suyo por la casa.

-       Seguro que sí.

 

Cuando el joven se hubo despedido, el anciano fue a un pequeño armario que había junto a la vitrina y empezó a remover y sacar discos. Finalmente, encontró lo que buscaba. Se dirigió al aparato que estaba en la esquina e introdujo el CD. Alex le había enseñado como funcionaban esos modernos reproductores. Sabía incluso programarlo y lo programó para que la canción se repitiera hasta que él mismo la parara. Apretó en botón ‘Play’ y después se fue a sentar en su sillón. Cerró los ojos y viajó lejos, mientras sonaban los primeros compases.

Primero, al guateque donde conoció a Adelina. Después, al cuarto de su hijo, donde el joven estaba estirado sobre su cama con los auriculares puestos. Por último, cuando comenzaron los versos, se trasladó a una tierra lejana, árida, montañosa y a la vez desértica; una tierra que siempre estaría empapada con la sangre de su sangre.  

 

Siento que ya llega la hora

Que dentro de un momento

Te alejarás al fin…

(Ver Notas del Autor)

 

FIN

 

 

Notas del autor:

 

El 25 de enero de 1812, durante la batalla de Altafulla, las tropas de Napoleón se apoderaron de la bandera del ‘Soria’. El sargento D. Julián Ortiz, arriesgando su vida heroicamente, penetró en líneas enemigas para recuperarla a sablazos. Regresó cubierto de sangre pero llevando la bandera consigo.

 

Su valiente proeza le valió la Corbata de San Fernando.

 

Canción:

El verso corresponde a la estupenda canción original de Los Módulos, ‘Todo tiene su fin’, compuesta en 1970 por Juan Antonio García Reyzábal, el batería del grupo, y versionada más tarde por diversos grupos, entre otros Medina Azahara.

 

 

CONTACTO CON EL AUTOR:  joesabadell@yahoo.es

 

PÁGINA WEB DEL AUTOR:   www.lulu.com/spotlight/joerahal

 

 

 

 

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