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La Dama de Picas
Dedicado a Oscar Oliva, M.C.
-1- La Dama de Picas – 1ª parte
Por enésima vez, con su mano derecha, cogió la tarjeta que reposaba al lado de su planilla y la miró fijamente. Luego, al igual que hizo en las ocasiones anteriores, fulminó a su rival con la mirada. Parecía odiarles, tanto a él como a aquella carta misteriosa. Si sus ojos pudiesen lanzar fuego seguramente ahora ya estarían los dos carbonizados.
Oscar O. no podía ver lo que había en el dorso del trozo de cartón plastificado que sostenía su rival en la mano, pero intuía que se trataba de una típica carta de una baraja de juego. Por lo menos eso es lo que indicaba el diseño del dorso; brillante y cubierto de pequeños cuadritos azules y blancos. ¿Qué carta podía ser? Eso ya era otra historia. Y ¿por qué la miraba con tanta frecuencia y con tanta intensidad? Eso sí que era un misterio. Seguramente intentaba distraerle y romper su concentración; y casi lo logró en esta séptima ronda del torneo de su ciudad, el famoso ‘Open’ que se celebraba anualmente.
Una vez al año, todo el club se volcaba en la organización del mejor torneo de la comarca. La junta directiva se ocupaba de contratar a dos o tres Maestros Internacionales, solicitar subvenciones a la sección de deportes del Ayuntamiento, a la Diputación y al Gobierno Autónomo, y pedir tableros, relojes y juegos en préstamo a la Federación de Ajedrez. Uno de los socios se ofrecía para conseguir las planillas a través de un patrocinador quien, a cambio, se aseguraba de que su nombre apareciera en ellas en letras bien grandes. Otro se ocupaba de pedir bolígrafos a su banco, con el nombre de la entidad grabado en ellos, naturalmente. Oscar se encargaba de visitar los comercios y vender espacio en el boletín del torneo. Nunca les faltaban anunciantes ya que el torneo tenía bastante éxito y, junto con el baile de medianoche, era uno de los acontecimientos más populares de la fiesta mayor de la ciudad.
Este año, por primera vez, lo celebraban en el Polideportivo, el único sitio en el pueblo que ofrecía las condiciones necesarias para albergar una competición de estas características. Tengan en cuenta que allí se juntaban más de doscientos participantes… y todos competían al mismo tiempo. Hacían falta mesas y sillas, como mínimo para esos doscientos jugadores. Las gradas servían de asientos para todos aquellos espectadores que no querían circular entre las mesas. En aquella época no tenían tableros electrónicos ni pantallas gigantes para observar las partidas de los maestros. Tampoco se podía seguir las partidas por Internet, de modo que muchos aficionados al ajedrez venían en persona a presenciar el famoso evento.
Al final de la enorme sala, bastante lejos de las mesas, se había improvisado una especie de bar para cafés, refrescos y bocadillos. A esta distancia se podía hablar en voz baja sin molestar a los jugadores. El árbitro y sus tres ayudantes se habían instalado al otro punto de la sala, a unos diez metros de la primera fila de tableros.
Oscar O. jugaba precisamente en esta primera fila. Sus cinco puntos sobre seis partidas jugadas le habían situado entre los siete primeros jugadores. El líder, un MI búlgaro, encabezaba el campeonato en solitario con cinco puntos y medio. Faltaban tres rondas y Oscar necesitaba dos puntos más para estar entre los premiados. La ‘mala’ suerte quiso que empezara el torneo con negras y lo acabaría, en principio, también con negras. Era muy importante, pues, ganar hoy como precaución contra cualquier tropiezo inesperado en las dos últimas rondas.
Su contrincante era un desconocido. Se llamaba Conde y nadie recordaba haberlo visto antes, y mucho menos haber jugado contra él. Según el ranking inicial, pertenecía a un club gallego y tenía un ELO FIDE de 2225, ligeramente superior al ELO de Oscar quien con sus 2015 puntos de ELO FIDE era el jugador número uno de su club y de su ciudad. En este torneo, les superaban en ELO ocho jugadores, dos de los cuales eran extranjeros con título de Maestro Internacional (M.I.).
Conde, pues, jugaba con las blancas y, al iniciarse la partida, todavía no había llegado. Uno de los ayudantes del árbitro puso el reloj en marcha y el tiempo de la blancas empezó a consumirse. Habían transcurrido veinte minutos cuando el señor Conde apareció de repente, sudando profusamente y con aspecto agitado. Se quitó su cazadora, la colocó en la espalda de su silla, se sentó delante del tablero y, sin mirar ni saludar a su contrincante, efectuó su primera jugada.
Oscar O., acostumbrado a la ética del ajedrez, extendió su brazo y ofreció su mano en el tradicional saludo que precede una partida. Conde estaba ya sumido en la tarea de rellenar los datos de la planilla y no la vio. Sin perturbarse, Oscar O. se dirigió a él diciendo simplemente: “Hola, me llamo Oscar. Encantado de conocerle.” El otro levantó la mirada, percibió su error y, sin pronunciar palabra alguna, extendió su brazo y los dos jugadores se dieron la mano.
Mientras Oscar decidía cómo responder a la jugada d4 de su contrincante, cuyo nombre completo era Xairo Conde, este último terminó de rellenar los datos de la planilla y, acto seguido, del bolsillo de su cazadora sacó un enorme pañuelo blanco, perfectamente doblado, y lo pasó por su frente, su cuello, su garganta y toda su cara. Luego se secó bien las manos y volvió a doblarlo cuidadosamente y lo metió en el bolsillo. Entonces se levantó, sacó su cartera y extrajo una tarjeta del tamaño de un calendario de bolsillo. A continuación, devolvió la cartera a su sitio y volvió a sentarse. Miró detenidamente la tarjeta durante un par de minutos, masculló muy bajito algunas palabras incomprensibles y, acto seguido, levantó la vista y la dirigió hacia su rival. Al ver que éste no le devolvía la mirada, ya que estaba todavía pensando en su primera jugada, Conde volvió a estudiar su tarjeta y a murmurar quien sabe qué antes de colocarla al lado de su planilla, boca abajo.
Una vez decidido la variante que jugarían, los siguientes siete movimientos se efectuaron con gran rapidez y siguieron la teoría moderna del Gambito de Dama aceptado, variante Botvinnik, que aparece como D43 en La Enciclopedia de las Aperturas de Ajedrez (ECO en sus siglas inglesas). Oscar empleó la defensa semieslava, defensa que le había proporcionado muchos éxitos. Sin embargo, Conde se apartó de las tendencias habituales y en la jugada 8 cambió su alfil de casillas negras por el caballo de f6, instando a las negras a que tomasen de dama o debilitasen su enroque. Inmediatamente después, volvió a coger la tarjeta y la miró intensamente, murmurando palabras inaudible en lo que parecía una conversación privada que mantenía con ella.
Ésta vez, Oscar, perplejo por la jugada de las blancas, alzó la vista y vio lo que hacía su rival. Sorprendido aun más incluso por lo que veía, se quedó mirando a su adversario cuando, de repente, Conde levantó su mirada y la dirigió directamente a los ojos de su contrincante sin dejar de murmurar. La tensión que generó aquella situación era tan palpable que los jugadores de las mesas vecinas también dejaron de jugar para observar lo que ocurría a su lado. Oscar, sin embargo, no pensaba dejarse influir por un comportamiento tan, digamos, extraño, por no decir paranoico. Giró su cabeza a la izquierda y captó el guiño que le hizo su vecino. No pudo evitar una ligera sonrisa que apenas duró un segundo. Seguidamente, volvió a la tarea de estudiar la posición del tablero.
En esta variante en concreto, la negras pueden ganar un peón en el flanco de dama e intentar retenerlo. A cambio, las blancas disponen de un ataque en el centro. Por otra parte, las negras podrían optar por devolver el peón y proceder con un juego más tranquilo y equilibrado. ¿Qué camino seguir? Ésta era la pregunta que se hacía Oscar, - una pregunta que siguen haciéndose miles de jugadores enfrentados en esta posición, - mientras intentaba eliminar de su mente los efectos de lo que acababa de suceder y concentrarse plenamente en resolver el dilema del tablero. Después de consumir quince valiosos minutos en el análisis mental que requería la posición, respondió con la única jugada que le daría opciones tácticas y posibilidades de salir victorioso del encuentro.
Conde inmediatamente cogió la tarjeta, la miró y murmuró: “La dama negra.” Esta vez, Oscar oyó las palabras y supuso que su rival se refería a la jugada que acababa de efectuar: Dama por Alfil. Lo que no entendía era por qué se lo decía a un trozo de cartón plastificado. En los torneos de ajedrez, es muy corriente oír jugadores analizando su posición en voz muy baja. Parece que estén hablando solos y, efectivamente, lo están haciendo. Es un fenómeno bastante corriente. Parece que algunas personas necesitan oír sus palabras para poder seguir el hilo de su pensamiento. Puesto que casi todos los jugadores de ajedrez analizan partidas en su club con sus colegas, están acostumbrados a expresar e intercambiar en voz alta sus ideas y pensamientos. Luego, en la soledad de su casa, es razonable que sigan analizando en voz alta. Lo que hacía el señor Conde no era por lo tanto tan extraño.
Tampoco es muy inusual que un jugador mire a su rival directamente a los ojos. A menudo es pura casualidad ya que muchos jugadores miran de frente cuando piensan y ni siquiera se percatan de la persona que está delante de ellos. Pero, es verdad que algunos jugadores lo hacen expresamente para intentar intimidar a su contrincante. El reglamento no lo prohíbe.
Lo que sí era curioso es que el jugador gallego no parecía hablar solo, sino que se dirigía a un pedazo de cartón como quien habla en el móvil. ¿Qué había en esa tarjeta? Era demasiado pequeña para contener todas las variantes y subvariantes de la apertura y defensa elegidas. ¿Podría haber motivos para quejarse al árbitro? Mientras Oscar se hacía estas preguntas y observaba lo que hacía su rival, éste le volvió a dirigir la mirada sin dejar de murmurar: “La dama negra, la dama negra.”
Era martes de la semana santa, un día de fiesta en la comarca, y la sala estaba repleta de espectadores. Algunos de ellos ya se habían percatado de lo que estaba ocurriendo en el tercer tablero y se habían acercado para ver de cerca el desarrollo del enfrentamiento. Vieron como el jugador que llevaba las negras avanzaba su peón a b5 con la clara intención de conservar su peón de más. Vieron también como su rival maniobraba sus piezas para intentar recuperarlo, en vez de luchar por el dominio del centro. Sobre todo, observaban fascinados como este mismo jugador, cada tres o cuatro jugadas, cogía una tarjeta de la mesa y la estudiaba intensamente a escondida, sin que nadie pudiera ver lo que había en ella. La deslizaba hasta el borde de la mesa y la acercaba a su cuerpo. Luego, con las dos manos tapándola, como quien juega al póker, la miraba casi horizontalmente y le murmuraba una y otra vez: “La dama negra, la dama negra.” Después, levantaba la vista y fulminaba a su rival con su mirada agresiva y llena de odio. Algunos de los espectadores se alejaron en seguida para poder reír a gusto. Nunca antes se había visto semejante comportamiento en la sala de juego.
Con su jugada número veinte, las blancas parecían haber recuperado su peón. Las negras, por su parte, tenían un peón de torre pasado, pero estaba totalmente aislado y probablemente caería, mientras que las blancas, con una larga cadena de peones unidos, depositaban sus esperanzas en ‘pasar’ su peón de dama y ganar la partida o, como mínimo empatarla, lo cual no sería un mal resultado entre dos jugadores de un nivel muy similar.
Oscar O., sin embargo, había analizado sus jugadas con más precisión y, consciente de que todas las piezas blancas estaban ahora en el flanco de dama y que el alfil blanco estaba clavado delante de su dama, cambió el rumbo de su ataque y se dirigió al flanco de rey jugando 20… Dg5! Se vio entonces que la retirada de la dama a e7 en la jugada 17 había sido un engaño. Con el pretexto de acudir en defensa de su alfil, las negras habían conseguido que las blancas llevaran toda su artillería al flanco de dama, dejando vía libre para la posterior invasión en el flanco de rey.
Conde no tardó en reaccionar cuando se dio cuenta de que tendría que sacrificar un peón para evitar el mate. Se levantó, casi fuera de sí, arrancó la tarjeta de la mesa y, alejándose del tablero gritó: “La dama negra. ¡La maldita dama negra!”
- Señor Conde, por favor, un poco de serenidad. Éste es un torneo serio.
Era el árbitro quien, alertado por algunos espectadores de lo que ocurría, se había acercado a la mesa para observar en persona el extraño comportamiento que describían. Conde abandonó la sala dejando a Oscar O. con la duda de si regresaría. Sin embargo, no tuvo más remedio que quedarse allí sentado y aguantar la tensión puesto que su rival no se había rendido. El árbitro le preguntó si quería formular una queja oficial a lo cual Oscar respondió con la negativa, siempre que el otro siguiera la partida de forma más calmada.
Al cabo de unos quince minutos, el jugador gallego regresó acompañado de otra persona también desconocida. Se sentó en su sitio, hincó los codos y se puso a pensar. Mientras tanto, su acompañante hizo una señal a Oscar para que se acercara y se alejaron de las mesas para poder hablar.
- Hola. Soy el compañero de club de Conde. Me llamo Francisco Javier. - Que tal. Mucho gusto. - Sólo quería explicarte que no todos somos así en mi país. Xairo no es un mal tipo. Es un poco diferente, eso es todo. - Y que lo digas. Por poco no me quejo al árbitro. - No, no. No hará falta. He hablado con él y me ha prometido que se comportará. - Espero que sea así, porque la verdad es que me está desquiciando un poco con eso de su dama negra y su carta o tarjeta o lo que sea. - Ya, te entiendo. Escucha, yo todavía estoy jugando y tú también. ¿Qué te parece si quedamos después de la ronda y te explicaré lo que le pasa? - Bueno, vale. Quedamos así. - Venga. Suerte con tu partida - Igualmente.
Se separaron dándose la mano y cada uno regresó a su lugar de juego. Al llegar a su mesa, Oscar constató que las blancas habían jugado 21.f3?? Parecía la única jugada que tenían para evitar el mate y, al mismo tiempo, mantener ligados los peones centrales. Sin embargo, en su estado de furia, el jugador gallego omitió la jugada ‘salvadora’ 21.g3, tal vez pensando que eso permitiría a las negras apoderarse de la diagonal h1-a8 y facilitaría el mate en g2 o h1.
Sin apenas pensarlo jugó 21... Axf3. El peón en g2 no podía tomar el alfil ya que estaba clavado. Las blancas entonces jugaron 22 Dd2 para defender el peón de g2, a lo cual las negras retiraron su alfil a e4, manteniendo la presión sobre g2. Las blancas, ya con apuros de tiempo, jugaron la siguiente jugada ‘al toque’, o sea, sin apenas pensar. Queriendo quitarse aquel molesto alfil del medio, ofrecieron el cambio jugando su propio alfil a d3. Oscar supo inmediatamente que aquel era el error definitivo que le daría la partida. Jugó 23... Axg2 sabiendo que la dama blanca no podía tomar el alfil ya que él tomaría el peón de e3 con un jaque y después tomaría el alfil de las blancas, quedándose con dos peones de más.
Esta vez fue Oscar quien levantó la vista para observar la reacción de su rival. Lo que vio le dio lástima. El jugador gallego temblaba y se mordía los labios. Se diría que estaba preso de un ataque de nervios. Tenía las manos entrelazadas y apretadas sobre la mesa, agarrando fuertemente la misteriosa carta. Su mirada no se apartaba del tablero. Parecía haber entrado en un estado catatónico; aparte del temblor, no movía ni un solo músculo.
Por respeto a su adversario, y con la excusa de mirar las otras partidas, Oscar se levantó y se apartó de la mesa donde jugaba. No quería añadir leña al fuego. Al cabo de dos o tres minutos regresó justo en el momento en que las blancas, en una jugada desesperada, tomaron la torre en c8 con la suya de c1. Oscar recuperó la pieza con su torre de a8 pensando que el otro recuperaría uno de los peones perdidos con 25 Txa7.
Cual fue su sorpresa cuando su adversario jugó su torre a a5, amenazando la dama negra. Era un error, ya que el jugador local retiró su alfil a d5, interponiéndolo entre la pieza atacante y la pieza atacada y, al mismo tiempo, permitiendo un ‘jaque a la descubierta’ con la dama negra. La reacción de Conde no se hizo esperar. Volvió a agarrar la carta, esta vez con la mano izquierda y murmuró: “¡Maldita dama negra!” suficientemente alto para que Oscar lo oyera y, sin pausa, movió su rey a f1.
Ahora, Oscar se tomó un respiro. Tenía dos peones de más, con pocas piezas en juego y ventaja de tiempo. Sin embargo era consciente de que hay que extremar las precauciones cuando las damas todavía están sobre el tablero. La estrategia pues, en esta situación, era cambiar todas las piezas, especialmente las damas, y entrar en un final de peones donde su mayoría de peones, y en particular su peón de torre, le darían la victoria. Para ello, lo primero que tenía que hacer era defender su peón de torre. Jugó 26… De7.
Conde, con apenas cinco minutos restantes en su reloj, efectuó los siguientes seis movimientos a toda velocidad, pero no debió de juzgarlos bien ya que las últimas jugadas, forzadas, llevaron a la siguiente posición:
Naturalmente, Oscar no se lo pensó dos veces. Tomó el peón de h con un jaque y otra vez oyó las palabras ominosas que había oído antes: “Maldita dama negra.” Conde todavía agarraba la carta en la mano izquierda.
Las siguientes jugadas vieron el cambio forzado de torres ante la amenaza de mate. Ahora solamente quedaban las damas en juego, junto con una mayoría de peones negros. ¿Cómo forzar el cambio de damas? Faltaban cinco jugadas para llegar al primer control de tiempo y no parecía posible conseguirlo en los pocos minutos que quedaban. Las blancas tenían como mínimo un jaque y las negras ninguno de momento. Era aconsejable jugar con calma y cautela.
Primero había que poner el rey a salvo. Luego, avanzar los peones g y h para coronar y forzar el mate o la rendición. El peón de a7 ya no era necesario ahora y podría sacrificarlo. Sin embargo seguía siendo una amenaza y no hacía falta regalarlo.
Con estas ideas en mente, Oscar emprendió una serie de jugadas que les llevaron a esta posición después de un total de cuarenta jugadas cada uno.
Había superado el primer control de tiempo sin reducir su ventaja y podía empezar a respirar tranquilamente. Tendría que cometer un error garrafal para perder la partida y, desde luego no tenía ninguna intención de fallar.
Se levantó y fue a la barra a tomar un café, dejando a su rival mordiéndose las uñas, presa de un ataque de nervios.
-2- La Dama de Picas – 2ª parte
De regreso a su mesa, Oscar vio con sorpresa que su rival había movido ficha.
Cualquier jugador experimentado habría abandonado la partida mucho antes y era de suponer que entre estos dos jugadores de un nivel parecido, el que llevaba tal desventaja habría inclinado su rey. Los peones de g y h eran imparables y no parecía posible que las blancas encontrasen jaques continuos para forzar las tablas.
Sin embargo, a veces, la desesperación, el orgullo, o el optimismo desmesurado llevan al jugador con posición inferior a seguir luchando con la ínfima esperanza de encontrar el camino que le llevará al empate. Esto fue lo que sucedió en esta partida. El jugador gallego se había quedado clavado en su silla y había consumido más de diez valiosos minutos buscando una respuesta a la hecatombe que se avecinaba. Siguieron jugando y, después de diecisiete interminables movimientos más, llegaron a esta posición:
Como era de suponer, Oscar coronó su peón y lo cambió por una segunda dama dando un jaque al mismo tiempo. “¡Otra dama negra! Maldita sea. ¿A cuantas damas negras tengo que enfrentarme?”
Por suerte, las partidas de los tableros vecinos se habían acabado y nadie miraba ésta en concreto, puesto que carecía de interés, de modo que Conde pudo manifestarse en voz alta al tiempo que cogía su rey y lo colocaba sobre la casilla d2. Luego dio un golpe sonoro a su reloj, parándolo y poniendo en marcha el de su rival. Era imposible disimular la rabia que le roía el alma y el corazón. Una segunda dama negra se había unido a la contienda y había entrado en combate, mientras la dama blanca, y el jugador que la conducía, se quedaban mirándolas incrédulos, impotentes e incapaces de poner fin a la real persecución.
Sin inmutarse, y queriendo evitar una discusión a toda costa, Oscar simplemente se deshizo del último peón blanco con un jaque. Conde movió su rey a la única casilla que quedaba libre y allí fue donde Oscar, sin perder el tiempo, selló el destino de su rival jugando la dama de g1 a d1.
El mate que resultó era incontestable. Mientras el jugador local apuntaba el resultado en su planilla y la firmaba, el jugador gallego se quedó mirando el tablero sin pronunciar ni una sola palabra. Simplemente miraba. De repente, justo cuando Oscar O. le pasaba su planilla para que la firmara, se levantó, miró su carta por última vez, le espetó una vez más las palabras tan repetidas a lo largo de la partida, la rompió en varios pedazos y los dejó caer al suelo. Luego, sin firmar las planillas ni despedirse de su contrincante, ni mucho menos felicitarle, cogió su cazadora y se alejó murmurando una y otra vez: “¡Maldita dama negra!”
“Y ahora ¿qué hago?” pensó Oscar O. “He ganado la partida pero mi rival no ha firmado la planilla.” Por suerte, el otro no se había llevado su planilla, sino que la dejó encima de la mesa. Oscar consultó con el árbitro y éste comprobó que las planillas coincidían en cuanto a las jugadas se refería, que las negras habían ganado y que la escritura de la segunda planilla correspondía con la del mismo Xairo Conde quien sí había firmado las planillas de las rondas anteriores.
Con sus seis puntos en el bolsillo y a falta de dos rondas, Oscar regresó a su mesa y recogió sus cosas. Se dirigió hacía el bar donde le esperaba el compañero de su extraño rival. Pero antes de llegar, dio media vuelta y regresó a su mesa. Picado por la curiosidad, recogió los ocho pedazos de cartón plastificado que estaban dispersos por el suelo y los recompuso sobre la mesa. Era efectivamente una carta de juego de baraja inglesa. Mostraban una de las tres imágenes de la baraja. Era una dama. ¡La Dama de Picas! En dos de las esquinas opuestas diagonalmente llevaba la letra Q de Queen, inglés para reina.
- Te felicito, – le dijo Francisco Javier tan pronto como llegase al bar. - Has hecho una buena partida. ¿Qué quieres tomar? - Una cerveza. Gracias, no ha sido fácil. Tu amigo jugó bien la apertura, pero luego se lió en el medio juego. - Es un buen jugador cuando se concentra y es sereno. - Te creo, pero no acabo de entender qué es lo que ha sucedido. Tenía esa carta, una Dama de Picas, en las manos durante toda la partida y no paraba de hablarle. Este tío necesita un médico. No está bien de la cabeza.
Francisco Javier se puso a reír.
- No es que esté mal de la cabeza, sino que es gallego, como yo. - Y eso ¿que tiene que ver? - Los gallegos somos supersticiosos y él más que la mayoría. Anoche tuvo un presentimiento, una pesadilla. - ¿Ah, sí? - Bueno, la verdad es que no ha sido la primera vez. He jugado varios torneos con él y le había pasado antes, pero nunca como hoy. Hoy ha sido muy fuerte. - Cuenta, cuenta. - Pues, nada de extraordinario. Dijo que el sueño era confuso y aparecían mujeres africanas que le perseguían. - ¿Mujeres africanas? - Sí. Mujeres negras que le acosaban. - ¿Y eso que quiere decir? Yo no entiendo de sueños ¿sabes? - Yo tampoco. Pues decidió consultar con un vidente y esta mañana se fue a Barcelona. - ¿Por qué Barcelona? - Bueno, allí en la estación de metro de la Plaza de Cataluña vimos a un montón de ellos. - Ah, sí, sí. Ya conozco el sitio. - Bueno, pues le pidió a una que le echara el tarot y ella le dijo que una dama negra se erigía entre él y la victoria. - Bobadas. Les explicas tu vida y te cuentan lo que quieres oír. - Sí, vale… a veces… pero en este caso no fue así. No le dijo nada sobre el ajedrez, ni sobre el torneo. Solamente le explicó el sueño y le pidió una explicación. - ¡Caray! - Ya ves. ¿Otra cerveza? - Esta vez invito yo. - Vale. Otras dos, jefe. Bueno, te decía pues que no le había contado nada, solamente el sueño, y ella empezó a sacar las cartas y le fue diciendo que participaba en un deporte y que la competición duraba varios días. También dijo que los resultados le favorecían y que la clave sería el séptimo día. Pero que hoy, martes trece, no era un buen día y que una dama negra le acosaría. Aquí tienes. - Gracias. ¡Salud! - Bueno, no hace falta ser un genio para ver que dos y dos son cuatro. Hoy es martes trece. Ésta es la séptima ronda y su rival juega con negras. ¿Qué otra dama negra hay si no es la del ajedrez? - Claro, claro. Entonces ¿qué hizo? - ¡Hombre! Pues le pidió algún tipo de amuleto contra la maldición esa y ella, la muy astuta, le vendió una baraja inglesa y le dijo que cogiera la Dama de Picas y que la llevara encima durante toda la competición. - Supongo que la dama de trébol le habría servido igualmente ¿no? - Pues no. Parece ser, - bueno, es lo que le dijo la vidente, – pues, parece ser que según algún famoso tratado de cartomancia, la Dama de Picas significa malevolencia secreta y el mal, se ve que insistió mucho en esto, el mal hay que combatirlo con el mal. Tenía que mirar la carta y repetir una y otra vez: “La dama negra no puede conmigo”. - Pues algo habrá hecho mal, digo yo, ya que el truco no le ha funcionado. - No, pero es extraño que la vidente acertara lo del campeonato ¿no crees? - Sí, claro. - Bueno, en fin, creo que está muy tocado. Me dijo que se retiraba del torneo; de lo contrario, seguramente lo expulsarán. - Pues, ahora que sé lo que le pasó me sabría mal que le expulsaran. El árbitro comentó algo al respeto. Creo que van a convocar el comité de competición. - Bueno, si se retira no hará falta. - Cierto. ¿Y tú, qué hiciste? - Yo gané. ¡Sin amuleto! - ¡Je, je! - Oiga, jefe, tráiganos dos chupitos de orujo. Que sea del bueno. - ¿Orujo? Pisas fuerte ¿no? - Hay que brindar, hombre. - Vale, vale. ¿por quién brindamos? - Pues… por la dama negra ¿Por quién sino? - Por la Dama de Picas. - Por la Dama de Picas.
FIN
Notas del Autor:
Oscar O. acabó el torneo con siete puntos y quedó cuarto. Se llevó un buen premio en metálico. Conde se retiró del torneo sin ser expulsado. Nunca más se le vio por estos parajes. Francisco Javier y Oscar sellaron una amistad que dura hasta hoy.
La partida CONDE X. (2225) - OSCAR O. (2215) – [D43] 0-1
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