Felicitación no significa rendición
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Desearía preguntar a algún arbitro de ajedrez que pasaría si en una partida de un torneo oficial pasará lo que el amigo Frank ha publicado. ¿Aceptarían la excusa o la rechazarían?
Cordialmente
Interesante tema de debate.
Si no me falla la memoria, en los reglamentos de la FIDE se especifica claramente que está prohibido a los jugadores distraer a sus oponentes con cualquier cosa. La petición de tablas es una excepción, evidentemente. Por tanto creo que lo que debería hacer el árbitro es apercibir con una sanción al MI “graciosillo”. Comparándolo con el fútbol, tarjeta amarilla, y en caso de reincidir, darle la partida por perdida.
Esta anécdota me trae a la memoria un episodio entrañable que leí en el libro “Yo juego para ganar” del inigualable Bent Larsen. El gran maestro danés, comentando una partida de sus inicios como ajedrecista de élite en la que jugaba con negras contra el veterano Bernstein, realizó nada más salir de la apertura un movimiento de los suyos que desestabilizaba enseguida la posición con ventaja casi decisiva. Se levantó de su silla y se puso a pasear. Cuando volvió a la mesa minutos después, Bernstein le dijo “Sehr schön gespielt!” – trad.: “¡Muy bien jugado!”- , en clara voz. Por supuesto, la partida siguió y Larsen ganó de una manera convincente.
¿Debería haberse quejado Larsen de que su rival reconocía la belleza de una jugada decisiva y daba a entender su clara inferioridad? ¿Podía relajarse pensando que la rendición de Bernstein iba a producirse inmediatamente? ¿Trataba el veterano maestro de hacer que el danés se confiase y atracarlo? No, porque la situación era totalmente distinta. Para interpretar incidentes como el que relata el Sr. Mayer, el árbitro tiene que aplicar la ley del sentido común. Para mí es evidente que el MI Bednavski actuó con fe bastante dudosa, y que Bernstein reconoció caballerosamente la destreza de Larsen sin más intenciones, aunque no abandonase la partida y luchase bravamente hasta el final.
Saludos a todos, Alejandro Darias Mateos.
Pedro Escoriza